La belleza masculina
Desde siempre se ha considerado que los hombres se fijan más en la apariencia física que las mujeres. Se supone que, para éstas, el atractivo masculino se encuentra ligado a otras cualidades, como el estatus social, la inteligencia o el valor. No obstante, es evidente que en el mundo occidental de hoy sí existen una serie de criterios estéticos que rigen para el hombre y a los que la mujer concede cierta importancia.
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Una característica considerada habitualmente atractiva en el hombre es la estatura, un factor en el que hay que tener en cuenta la que guarda el hombre respecto a su pareja femenina, es decir, la estatura relativa. Según una norma básica del apareamiento, el hombre debe ser más alto que la mujer. Por ello es posible que un hombre resulte más atractivo a una mujer cuando la sobrepasa en una medida óptima, por ejemplo, en unos diez centímetros.
¿Una cuestión de tamaño?
En numerosas sociedades se hallan criterios estéticos para los genitales masculinos y, concretamente, para el tamaño del pene. En general, es objeto de admiración un pene de gran tamaño. Nuestra sociedad no escapa de esta pauta, que se ha convertido en un mito provocador de angustia para numerosos hombres, tal como se refleja en las innumerables consultas sexológicas que este tema genera, y pese a que todos los estudios demuestren que a las mujeres el tamaño del pene no les importa demasiado. Se ha dicho en numerosas ocasiones, pero lo repetiremos hasta la saciedad, que la vagina se adapta a cualquier pene, por pequeño que sea; que el hecho de que la vagina sea más sensible en la entrada que en la profundidad hace innecesaria una excesiva longitud; que durante la erección los penes pequeños aumentan más su tamaño que los penes mayores, por lo que las comparaciones del pene en estado fláccido no indican el tamaño que alcanzará en erección; en fin, que una mayoría de mujeres aprecia más la calidad que la cantidad y más quién está detrás del pene que su tamaño en sí.
El mito del pene
El hecho de que las mujeres aprecian sólo relativamente el tamaño del pene, y que no sea ésta la parte de la anatomía masculina que valoren más, se ha comprobado en numerosos estudios. En una encuesta realizada por un periódico neoyorquino, se pidió a cien hombres que indicaran aquellas partes del cuerpo que, en su opinión, atraían más a las mujeres. Al mismo tiempo, se solicitó a cien mujeres que expresaran sus preferencias en cuanto a las características físicas masculinas que consideraban más atractivas. Los hombres opinaron que las mujeres admiraban sobre todo unos brazos musculosos y un pene de gran tamaño. Sin embargo, las mujeres declararon que estos rasgos les repelían y citaron otras partes del cuerpo como atributos más admirados en los hombres.
Un 39 % citó unas nalgas pequeñas y sensuales; un 15 %, el cuerpo esbelto; un 11 %, los ojos y sólo un del 2 % de mujeres expresó que el pene les resultaba la parte más atractiva de un hombre.
Sé guapo y échate a dormir
Es evidente que el aspecto físico es lo primero que apreciamos de los demás. La mayoría de las personas, sin embargo, resta importancia a esta primera impresión cuando es interrogada al respecto y responde que le resultan más apreciables cualidades como la forma de ser, la sinceridad y la honradez.
Ventajas demostradas
Un estudio realizado en las universidades de Minnesota y Wisconsin demuestra que existe una tendencia a suponer, sin ninguna otra razón, que una persona atractiva también debe estar dotada de otras cualidades socialmente deseables. En este estudio se pidió a un grupo de hombres y mujeres que calificaran varias fotografías de personas de diverso atractivo y que luego evaluasen sus posibilidades de triunfar en la vida. Pues bien, las personas atractivas fueron calificadas como sexualmente más cálidas, más sensibles, amables, interesantes, atractivas, fuertes, equilibradas, modestas, sociables y desenvueltas. También les fueron concedidas más posibilidades de obtener empleos de mayor prestigio y gozar de matrimonios más felices.
Del mismo modo, también en los maestros y en la universidad se han detectado prejuicios académicos contra las personas poco agraciadas. Los estudios llevados a cabo han demostrado que se las considera con un coeficiente de inteligencia menor, con peores relaciones con sus compañeros, con más impulsos antisociales y se les ha calificado menos favorablemente ante el mismo trabajo.
De ello se desprende que las personas bien parecidas pueden salir del paso con menos esfuerzo, mientras que las feas solamente pueden evitar ser discriminadas si su trabajo es de calidad superior.
En resumen, la belleza no es sólo un detalle superficial. Influye sobre la capacidad de atraer a un compañero, se refleja en la forma cómo nos juzgan los demás y en nuestra felicidad subjetiva. No es de extrañar, pues, que exista tanta preocupación por el aspecto físico, que seamos más o menos sensibles a los cumplidos y procuremos mejorar nuestra apariencia.
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