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Del deseo al acto sexual
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La química del amor

¿Hay relación entre la química, la atracción y el deseo sexual? Desde luego que sí. Algunas sustancias químicas -hormonas y neurotransmisores- son producidas por nuestro cuerpo en respuesta a nuestros propios impulsos internos y a los ambientales. Otras pueden provenir de los demás (feromonas) o, como los afrodisíacos, pueden ser ingeridas y actuar sobre la propia bioquímica del organismo.

El rol hormonal

La química del amor
© Thinkstock

Las hormonas sexuales son agentes químicos secretados por las gónadas (glándulas genitales: testículos y ovarios), además de las suprarrenales, que la corriente sanguínea transporta hasta el cerebro, donde son recibidas por receptores específicos para influir en la capacidad de reproducción y el impulso sexual.
Los andrógenos están presentes en los dos sexos, al igual que los estrógenos y la progesterona. El principal andrógeno es la conocida testosterona, que desempeña un papel clave en la sensibilidad de los genitales a los estímulos y en la intensidad de las sensaciones sexuales (sobre todo a nivel muscular). De hecho, interviene en la eclosión del deseo, pero con una influencia más discreta de lo que considera mucha gente. Pequeñas cantidades de testosterona cumplen con su misión con probada eficacia, ya que normalmente estamos saturados de esta sustancia.
Los andrógenos se incrementan tanto por la anticipación de la conducta sexual esperada, como por diversos estímulos. Por ejemplo, se han comprobado aumentos espectaculares de esta hormona después de visualizar filmes eróticos o como respuesta a otros estímulos significativos. Pero también disminuye su presencia sobre todo en situaciones de estrés o ansiedad. En cuanto a los estrógenos, esta hormona parece intervenir en la capacidad de vasodilatación y, sobre todo, en la lubricación vaginal. Esto explica la sequedad vaginal y el dolor en el coito de las menopáusicas.

La razón se mezcla con la fantasía

El nuevo circuito cerebral, tan propio y desarrollado en los humanos, está conformado por estructuras altamente evolucionadas. Gracias a esta organización cerebral se presenta el énfasis de la sexualidad propiamente nuestra, no solamente a nivel de estímulos (visuales, fantasías...), sino también de la participación importantísima de la emoción (que proveniente del cerebro primitivo es incrementada o inhibida por estas regiones cerebrales) y, sobre todo, del aprendizaje.
Debido a la capacidad que tiene el córtex de conceptualizar y planificar proyectos y la conexión que se establece, gracias al mismo, con el ambiente y la cultura, este órgano puede matizar y condicionar todo lo que está pasando en el diencéfalo. Y es así como los humanos podemos ver aumentado o disminuido el deseo sexual, podemos responder con mayor o menor eficacia y «sentir» un gran placer o no experimentarlo en absoluto; es más, incluso podemos responder —sin que existan agresión o lesión aparentes— con dolor ante el sexo (como es el caso del vaginismo) o con una intensa ansiedad, aunque la médula o el diencéfalo presenten un perfecto funcionamiento.
Razón, fantasía, emoción y aprendizaje se mezclan en el neocórtex hasta dar lugar a las peculiaridades tan curiosas, en ocasiones, del sexo humano. Sin desmerecer en absoluto las causas orgánicas, la mayoría de las disfunciones sexuales son debidas a la existencia de este neocircuito capaz —a través de los aprendizajes culturales, las experiencias personales y los conocimientos que podamos tener sobre la sexualidad— de pulverizar o magnificar todo lo que de arcaico y primitivo tiene el sexo.

Publicado el 16/07/2010Comentar


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