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El herborista

Con las delicias de la primavera y el sol, ¡nada es mejor que un paseo en el campo para declarar tu amor! ¡Si te gusta disfrutar de la naturaleza en todo su apogeo, no te pierdas la ocasión de descubrir también los placeres del sexo al aire libre!

El herborista
© Alejandro Rodriguez

Cuando nunca has tenido relaciones sexuales con tu pareja, a veces es más fácil encontrarse fuera de las paredes de tu cuarto para conseguir un primer coito exitoso. Esto evita tener la aprensión o el miedo que provoca a algunos el enclaustramiento con la persona que te atrae sexualmente. Para las parejas que ya han aprobado la asignatura de la primera vez, una salida campestre renovará agradablemente los juegos eróticos. 

Los herboristas amorosos cogen flores, se obsequian con frambuesas o fresas silvestres, moras o arándanos, se sacian con agua fresca de un manantial… Al principio, no se sabe con certeza qué se quiere realmente del otro. Quizás cada uno se convenza de que sólo es un paseo ligero… Las miradas se buscan, esperando una sonrisa o un signo de complicidad. Los indecisos se sonrojan, los más atrevidos se comen con los ojos la abertura inesperada del escote o desnudan con la mente el ser amado… Todo es pretexto para arrimarse… Las palabras dichas no tienen nada que ver con la complicidad naciente de los cuerpos magnetizados. La botánica es el enlace: las manos se unen sobre la misma flor, la respiración se acelera. Quizás uno de los amantes tropieza y el otro lo abraza para agarrarle.  

Pero con una audacia a la altura de su deseo, uno de ambos se decide a confrontar al otro. Porque en esta exuberante naturaleza, escondidos del mundo, los amantes se descubren una complicidad que favorece la unión física. Primero se tocan anodinamente para incrementar el deseo, atraídos irresistiblemente el uno por el otro. A cada contacto, se estremecen con impaciencia. Un sencillo roce desencadena una descarga de placer.

¿Es el soplido del viento o el aliento cálido de tu compañero lo que sientes en la mejilla? ¿Y este sudor por todo el cuerpo, realmente es a causa del sol? ¿Quizás la mujer sea la primera que se deja llevar, a menos que el hombre, desbordante de pasión, la abrace y la devore a besos? En el medio de un claro o en un prado, sobre musgo o césped, no importa. Los amantes se desnudan y se dejan deslizar al suelo uno contra el otro. Nada cuenta más ahora que satisfacer su apetito sexual. El hombre está atento a que la espalda de la mujer no se rasguñe con una rama o un guijarro y esté protegida por un mantel de tela. Él se arrodilla a su lado y se las arregla para proteger sus rodillas contra la dureza del suelo. Ahora los cuerpos se buscan sin ninguna vergüenza, los labios se pegan, las lenguas se mezclan. La mujer se emociona de ver la erección que provoca a su amante, agarra su pene y lo estimula más. Todo su cuerpo languidece y se ofrece a la caricia tibia del sol que rivaliza con las de su amante. Su pubis recibe golpes de brisa así como zalamerías que preparan su gozo. Los cuerpos amorosos emanan un olor de libertad.

Cuando la pasión de los amantes se desata y el hombre penetra a su compañera, los movimientos de vaivén provienen tanto del hombre como de la mujer. Los nuevos Adán y Eva hacen el amor con naturalidad, como si estuviesen solos en el mundo. Se hartan de sus cuerpos, no se fatigan de tocarse y descubrirse a pesar de la probable incomodidad. Podría ser el crujido de una rama o una oruga sorpresiva sobre la pierna reluciente de esperma, los amantes olvidan el miedo de ser descubiertos en plena acción. ¡Ríen y elevan ahora el recuerdo de lo inesperado!... 

Anaïs Barthélémy

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