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Los nadadores

En el agua, los cuerpos se tranquilizan y la ligera ingravidez les ofrece más gracia. La mujer se vuelve una sirena encantadora y seductora cuando las fantasías de los amantes concuerdan con las caricias en el agua.

Los nadadores
© Alejandro Rodriguez

Sean tus amores acuáticos en una piscina o en el mar, siempre es mejor, para unirse, encontrar un agua tibia y serena y, al menos, ¡un poco de intimidad! Todo puede empezar con cuidados mutuos: haciendo a los cuerpos cómplices, los gestos anodinos dan luz a un deseo que no esperará a la cama para ser resuelto. Los amantes adoran darse masajes corporales, efectuados en seco o con la ayuda de una leche solar o un aceite: tienen normalmente un efecto a la par excitante y relajante sobre ambos cuerpos. Los contactos de la piel con las manos del otro son eléctricos. Un arrumaco sencillo como trazar repetidas veces una línea en el vientre, la espalda o entre los pechos produce efectos mágicos.

Con tal preámbulo de caricias sin carácter sexual, puede pasar que los amantes pierdan la paciencia. Como si el agua pudiese aplacar sus ardores, saltan en el mar o la piscina y juegan a perseguirse. Los vientres y los sexos se rozan, las manos buscan las zonas más sensibles. Después de alejarse de espectadores fortuitos, el hombre y la mujer se quitan sus bañadores, si no están desnudos ya. Flotando sobre el agua, la mujer se hace la muerta mientras que el hombre, de pie o nadando a braza, desliza un brazo bajo la espalda de ella para mantenerla próxima y sostenerla a la vez. También se puede poner boca arriba y la mujer tomará buen cuidado de su pene sobresaliendo del agua.   

Para el coito, ¡será claramente más fácil hacer pie! Los preservativos resisten al agua salada o con cloro, pero deberéis tener cuidado cuando os lo pongáis de que el pene despunte fuera del agua, ¡sino ésta entrará en el condón! El hombre de pie eleva a la mujer con sus brazos, aligerada gracias al agua, y la sienta sobre su duro sexo. Con los dedos entrelazados, sus manos forman un asiento para el trasero de su compañera. La mujer pasa las manos alrededor del cuello de su amante o las sitúa sobre sus hombros y cruza las piernas detrás de su espalda. Sus muslos comprimen la pelvis del hombre. Éste hace ondular a la mujer sobre su pene, provocando un vaivén lento y tierno gracias a la ligereza de su cuerpo por el agua y las olas que la hacen elevar.

La penetración es profunda; progresivamente se hace más vigorosa y se libera del líquido elemento porque el hombre está excitado por el lugar y la postura. Su eyaculación sobreviene explosivamente. A veces la intensidad del orgasmo es menos importante para la mujer, los frotamientos del pene contra los labios menores no son tan suaves en el agua como fuera de ella y, por eso, la lubricación interna puede disminuir. La mujer apreciará sobre todo el contacto muy intimo con el cuerpo de su amante así como la ligereza de su propio cuerpo, unido al otro en este original lugar para hacer el amor.  

Durante el coito, la mujer prefiere dejarse inclinar hacia atrás, los brazos desplegados a ambos lados de la cabeza, la espalda flotando sobre el agua, las piernas todavía ancladas a su pareja. Él se mantiene en ella y se agarra a las caderas de su amada con las manos. El ángulo de penetración en la vagina varía, lo que modifica las sensaciones, con la ventaja de tener el bonito espectáculo que la mujer ofrece a su amante. Ella flota grácilmente frente a él y se le queda pegada al mismo tiempo. Una forma nueva, para el hombre, de contemplar a su amada. Si le place, también puede echarse sobre el agua, curvando su espalda hacia atrás pero manteniendo en todo momento las piernas en vertical y si puede, los pies en el fondo. Se termina el movimiento del pene dentro de la vagina para impedir que se salga brutalmente. Pero ahora una sensación de plenitud se sustituye a la excitación sexual, ya que el hombre y la mujer se hacen siameses, unidos en un solo cuerpo.    

Anaïs Barthélémy

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