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Pasos para una relación sexual satisfactoria

Durante mucho tiempo se ha considerado que los hombres deseaban una sexualidad rápida, dirigida a conseguir un coito lo más rápidamente posible sin perder mucho tiempo en caricias previas, lo cual era muy distinto de lo que deseaba el sexo femenino.

Pasos para una relación sexual satisfactoria
© Thinkstock

Ellas anhelaban un juego previo a la penetración, más lento, con caricias por todo el cuerpo, que les permitiera excitarse lo suficiente como para llegar a desear el coito, que de otra manera resultaba molesto, si no doloroso, y difícilmente les permitía en estas condiciones alcanzar el orgasmo.
En la actualidad las cosas han cambiado. La sexualidad no es para el hombre algo a conseguir de la mujer; el hombre es consciente de que ella requiere un juego más elaborado para alcanzar la excitación que quizás él puede conseguir en la mitad de tiempo. Pero, dado que el objetivo es llegar a la satisfacción mutua y que resulta tan grato como la propia excitación ver cómo ella va excitándose, ver que disfruta y que desea el coito tanto como él, no se trata de ningún esfuerzo; al contrario, lo que podía ser simplemente una forma de desahogo físico se convierte en un placer más sofisticado y completo. Los placeres compartidos siempre son más intensos.
En general, el sexo femenino goza de una relación sexual que se adapta a su forma de ser y a la de la pareja, una sexualidad que es una manifestación más de cariño. Es extraño que una mujer inicie una relación sexual fuertemente apasionada; en un principio busca compañía, apoyo, diálogo, ternura, diversión... y, si se siente confortable, muy probablemente sentirá la sensualidad del contacto íntimo y llegará a apasionarse profundamente.
Pero lo mismo podríamos decir del hombre: no necesita demostrar nada, no necesita estar pendiente de una erección rápida; no necesita excitarse obligatoriamente, ni «funcionar», ni... La sexualidad se va planteando de forma equilibrada y dependiente del bienestar de las dos personas que están juntas, ni una ni otra tienen la responsabilidad total de la situación; ambas son responsables de su propio placer y pueden expresar lo que desean en cada momento. Valorados estos puntos, vamos a describir la forma que adoptan las relaciones sexuales que más frecuentemente se manifiestan como satisfactorias para ambos miembros de la pareja.

Primer paso: cultivar la sensualidad

Podríamos llamar a este primer paso la etapa de la sensualidad. Se puede iniciar de forma cariñosa y prudente: un beso en la mejilla, un masaje en el pelo, un abrazo, unas palabras tiernas... que nos permiten acercarnos dulcemente a nuestra pareja, viendo si somos acogidos y mimados de la misma forma y respetando que quizás al otro no le apetezca. A veces se hace evidente que no es el momento más oportuno para estar juntos; otras, se ve que es muy apreciado nuestro acercamiento y, otras, todo queda en unos mimos intercambiados y nada más, lo cual resulta muy agradable por otra parte, puesto que permite darse cuenta de que no se nos mima simplemente para buscar una relación sexual. Además, este modo de proceder permite que nuestra pareja no tenga que recurrir a algo tan desagradable para ambos como es el rechazo, ya que no estamos obligando a nada. Si esos mimos son gratamente aceptados y resulta evidente que ambos están a gusto, es importante la reciprocidad en las caricias para mantener ese bienestar para los dos. Si uno adopta el papel pasivo, el otro puede pensar que sobra, o puede agradarle mucho acariciar a su pareja, pero deseará lógicamente ser acariciado a su vez. Lo ideal es fijarse tanto en lo agradable que resultan las caricias que se reciben como en lo agradable que resulta sentir el tacto de la piel del otro en nuestros dedos y en nuestra piel, y notar cómo su cuerpo se encoge y se distiende al ritmo de nuestras caricias.
Esas caricias iniciales, no genitales, van de la cabeza a los pies, son lentas y suaves (a no ser que uno de los dos sufra cosquillas) y producen un estado de relajación, bienestar y deseo de que ese estado perdure. Al prolongarse, aumenta la confianza mutua, la intimidad se hace más evidente y la comunicación resulta más fácil. Ambos saben que el otro desea seguir adelante, que anhela ir un poco más allá.

Segundo paso: provocar el placer

Ahora pueden iniciarse las caricias «provocativas», caricias que se acercan a las zonas genitales (pecho y genitales inferiores), pero que no llegan a tocarlas, caricias que insinúan un placer más intenso y apasionado, caricias que se hacen con las manos y la boca, mientras los dos cuerpos se abrazan calurosamente, y que hacen que el cuerpo se mueva para ir en busca de ellas como si temiera que dejaran de producirse. En esos momentos, ambos están sintiendo ya las señales propias de la excitación: la respiración se hace más rápida, el corazón late agitado, la musculatura de todo el cuerpo se tensa, los genitales aumentan de tamaño por la afluencia de sangre hacia ellos y enrojecen; aumenta la temperatura; se inicia la lubricación femenina y la erección masculina aparece o se hace más fuerte. Es posible que se manifieste además ese estado a través de gemidos o con manifestaciones verbales como las que antes mencionábamos. Sólo entonces es aconsejable pasar a una caricia directamente genital, caricia que se desea, que es buscada por ambas partes y que es el súmmum de las caricias cuando se ha llegado a este punto.

Tercer paso: excitación y orgasmo

Estamos ya en la fase de «excitación», fase a la que es difícil llegar sin los preliminares hasta ahora mencionados, preliminares que aseguran que ambos miembros de la pareja han llegado al mismo punto. El tiempo que ello requiere es diferente: no es siempre el mismo, sino que varía según los días, las circunstancias, el humor, el cansancio... Una vez alcanzada esta fase, el contacto genital es placentero y se busca una caricia que lleve hasta las cotas más altas de excitación, teniendo en cuenta que, para muchas mujeres, la estimulación insistente del clítoris es absolutamente necesaria para poder alcanzar posteriormente un orgasmo y que muchas no podrán alcanzarlo únicamente con la estimulación coital, precisando una estimulación paralela del clítoris. Esto no es en modo alguno anormal: sencillamente indica que la estimulación indirecta que recibe el clítoris (el orgasmo femenino siempre viene propiciado por una estimulación del clítoris, directa en el caso de la estimulación manual, e indirecta en el caso de la estimulación a través del coito) es insuficiente para provocar el orgasmo. (Resulta realmente increíble el número de hombres que, a pesar de saber lo importante que ello es para la mujer, le dedican un tiempo realmente escaso.) También hay que mencionar, sin embargo, el caso a la inversa, o sea, la necesidad que el hombre tiene de una estimulación suave del pene, puesto que en estado de erección el glande (la parte más sensible del miembro masculino) queda al descubierto y se irrita fácilmente con un roce no lubricado o demasiado áspero. Cuando se alcanzan altas cotas de excitación a través de estas caricias más intensas, más persistentes, más apasionadas, cada pareja puede optar por la forma de alcanzar el orgasmo que más le apetezca en cada momento, ya sea la heteroestimulación o el coito en sus diversas posturas.
En general, la situación merece una cierta variedad que haga los contactos físicos siempre apasionantes, novedosos e intrigantes.

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27/07/2010

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