Frecuencia de las relaciones sexuales
El deseo sexual está sujeto a las condiciones físicas, psicológicas y ambientales de cada persona, y por tanto la frecuencia deseada para mantener relaciones sexuales dependerá de diversos factores: la buena salud, el nivel de estrés, la calidad de la relación en la pareja, el disfrute de las anteriores relaciones sexuales, etcétera.
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Sin embargo, en nuestra sociedad es un hecho común comparar la frecuencia deseada por los hombres y la deseada por las mujeres, atribuyéndose al sexo femenino en general un deseo menos frecuente.
El deseo más elevado presentado por los hombres no parece justificado por diferencias anatómicas ni fisiológicas. Además, parece que con el cambio social las mujeres han ido experimentando y con la emancipación sexual que ello ha conllevado, particularmente en los países más desarrollados, esta diferencia antes evidente tiende a ir desapareciendo.
Dentro de esta línea de cambio, las diferencias en cuanto a la frecuencia deseada de relaciones sexuales se respeta y se considera una manifestación más de las diferencias individuales existentes.
Otro problema muy distinto se presenta cuando no se tiene deseo sexual y el mantener relaciones sexuales con el compañero es poco menos que una obligación, más o menos bien llevada en aras de preservar una relación de pareja. En estos casos no se trata de que no haya demasiado acuerdo en cuanto a la frecuencia, sino de que el deseo puede ser nulo, lo cual ya no es una cuestión de diferencias individuales sino una disfunción sexual, cuyas causas pueden ser muy diversas, y que, probablemente, requerirá la ayuda de un profesional, si se prolonga en el tiempo sin que la pareja por sí sola sea capaz de hallar las causas y buscar soluciones. Pero, ¿cuál sería la media de frecuencia de relaciones sexuales entre la población general? Esta media varía según las edades. Si nos atenemos a la sociedad occidental, podemos hablar de una media de una a dos veces por día entre la gente joven, que va descendiendo a un promedio de una a dos veces por semana al alcanzar los 45 años.
Un caso típico
Una pareja escribe una carta a un médico. Son jóvenes -entre treinta y cuarenta años-, llevan ocho años casados, ella tiene una tienda de ropa y él es jefe de ventas de una gran empresa. Tienen una posición económica relativamente holgada pero trabajan muchísimo, incluidos los fines de semana. Le han consultado porque ambos presentan un alarmante desinterés por el sexo. Se quieren, se respetan y no tienen problemas relevantes de pareja.
El doctor les ha recomendado normas terapéuticas para mejorar su impulso sexual. En la misiva le comunican que han decidido abandonar el tratamiento: no tienen tiempo «ni para las fantasías»; concluyen con una frase lapidaria y que es un resumen -casi irónico- de la situación: «Doctor, para nosotros la lujuria es un lujo.»
¿Cuántas parejas como ésta existen en el mundo actual? Probablemente más de las que serían deseables. Muchas viven este fin del milenio cansados, desangelados y preocupados por unas situaciones en las que parecen no tener cabida las tentaciones de la cama. El omnipresente estrés es capaz por sí solo de provocar devastaciones, tanto psíquicas como bioquímicas.
Ese proceso de adaptación a un exceso de actividad o al aburrimiento más cósmico en el que termina el proceso del estrés provoca incluso disminuciones hormonales y estados tanto ansiosos como depresivos, que comprometen la eclosión del deseo sexual.
Vivimos, en efecto, tiempos de acción, ejecución, velocidad y competitividad.
No en vano nuestra sociedad ha creado este patrón de comportamientos que se ha denominado «tipo A», tipo paradigmático de la época, que distingue a partes no siempre iguales la extrema velocidad, la eficacia elevada a los altares, la hostilidad y el exceso de autocontrol -no siempre conseguido- de las emociones «inútiles».
Malos tiempos para la contemplación, la comunicación y la sensualidad compartida y parsimoniosa, que al fin y al cabo son elementos primordiales para un sexo, si no siempre glorioso, sí placentero.
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