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¿Quién toma la iniciativa?

¿Quién suele iniciar las relaciones sexuales? Independientemente de que las dos personas que forman una pareja deseen más o menos la relación sexual, lo cierto es que por presiones socioculturales, históricamente ése ha sido otro feudo masculino.

¿Quién toma la iniciativa?
© Thinkstock

En el proceso de creciente igualitarismo entre los sexos, la iniciativa ya no parece ser responsabilidad más que de quien tiene ganas de asumirla. Los estudios realizados muestran que no hay razones, salvo los condicionantes culturales, que expliquen la prerrogativa que hasta ahora ha tenido el hombre de iniciar las relaciones sexuales. Buscar el contacto íntimo con la pareja es, por otra parte, una cuestión de personalidad: los tímidos probablemente tengan más dificultades en este sentido, aun tratándose de la propia pareja. Las personalidades extrovertidas y animadas es muy posible que, dada su mayor impulsividad, busquen las relaciones sexuales tan pronto les apetezca, no dejando al cónyuge demasiadas ocasiones de iniciar estos agradables trámites.
Sin embargo, en el reparto de iniciativas sexuales en una pareja, lo más importante es que la frecuencia de contactos corresponda a lo deseado por ambos, adaptándose uno a un mayor número de relaciones de las que desearía y otro a menos de las que le apetecen, en función de la satisfacción mutua. En tal caso no tiene importancia quién inicia el juego, mientras que, en caso contrario, evidentemente lo iniciará siempre el que tenga más ganas, forzando la motivación del otro. De todas formas, las parejas a las que en la consulta sexual se les pregunta por este tema manifiestan sentirse mejor y más seguras de su sexualidad al comprobar que el cónyuge inicia también las relaciones sexuales de vez en cuando, si no con la misma frecuencia.
El estado de las relaciones conyugales afecta también a la iniciativa y aceptación de las relaciones sexuales: después de una discusión conyugal, la reacción de muchos hombres es intentar hacer las paces a tra- vés de la sexualidad; mientras que la mayoría de las mujeres tienden a arreglar los problemas antes de meterse en la cama, considerando los acercamientos de la pareja en pleno estado de enfado como una desconsideración y una forma de banalizar lo hablado anteriormente, actitud ante la que se muestran dolidas y desconcertadas, lo cual manifiesta una vez más el concepto distinto que hombres y mujeres poseen de la sexualidad. La iniciativa en tal situación es, pues, frecuentemente rechazada y, aunque ésa es una actitud predominantemente femenina, también es posible que ambos actúen en la misma línea, «aparcando»
las relaciones hasta haber solventado el malentendido.
Por último, no podemos dejar de mencionar la influencia religiosa, que en muchas sociedades y durante mucho tiempo ha fomentado un papel de sumisión sexual en la mujer, vedándole la legitimidad de experimentar placer y permitiéndole la sexualidad únicamente por su papel reproductivo y como forma de acatamiento a los deseos del marido. El papel de las ordenanzas eclesiásticas ha marcado (y aún marca) la dinámica sexual de millones de parejas, en las que la iniciativa sexual por parte de la mujer era considerada peyorativamente, al igual que un comportamiento sexual demasiado activo o ardiente.

¿Variamos un poco?

La sexualidad, como casi todas las actividades humanas, puede caer en la rutina, la repetición y el aburrimiento si no la cuidamos aderezándola con una cierta dosis de novedad y de variación. Las relaciones sexuales en la cama, los sábados por la noche, que duran sólo unos quince minutos; que empiezan por unos besos en la boca, siguen con unas caricias que rápidamente pasan a los genitales, que apenas consiguen provocar la erección en él y la lubricación en ella y se abandonan para pasar a lo interesante, el coito; que sólo contemplan dos posiciones, uno encima del otro y a la inversa, y que les permiten a ambos alcanzar el orgasmo, después del cual, felices y relajados, dormirán profundamente toda la noche; este tipo de relaciones son muy frecuentes, agradables y... monótonas, eso sí. Si la pareja se entiende, si esa es la dinámica habitual, pueden estar satisfechos de su sexualidad, pero probablemente puedan pasárselo mejor simplemente variando un poco.
En el caso de que las relaciones habituales hayan perdido interés, las razones para variar están aún más justificadas; sin embargo, la personalidad debe reflejarse en todas las áreas de la vida. Al hablar de este tema, algunas personas opinan que existe el peligro de perder el romanticismo y el cariño en aras de la experiencia, que se pierde el encanto de las cosas prohibidas, que una vez que ya se ha probado todo no queda nada que ofrecer: como si la sexualidad y su capacidad de producir placer se «gastaran».
Pero lo cierto es que las cosas no funcionan exactamente así, pues tienen más probabilidades de tener una vida sexual insatisfactoria las parejas con un limitado repertorio de posibilidades sexuales que a la inversa. Concretamente, la pareja habituada a hacer el amor siempre de la misma forma es más susceptible de quedarse indefensa ante cualquier disfunción sexual que una pareja que varía. En el primer caso, la estimulación que siempre ha funcionado deja de surtir efecto un día y, aunque se insista en «más de lo mismo», el problema persiste. En cambio, en la pareja que huye de la monotonía, la disfunción será abordada sin darle demasiada importancia, recurriendo a otros estímulos y maneras, puesto que el objetivo suele ser disfrutar y no el de conseguir una respuesta específica con una estimulación concreta.

Publicado el 28/07/2010Comentar

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